Mostrando las entradas con la etiqueta Crónica. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Crónica. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de agosto de 2018

Ying Yang.

        Recuerdo esa noche, como destellos de una canción que se oye a media ebriedad: no son tantos detalles, sino sensaciones con este o aquel acorde. Un redoblante, un arpegio, un tapping. Cada sensación, cada idea va naciendo y encontrando su propia muerte con un nuevo riff, o en cada confusión que el alcohol propiamente dicho proporciona.
      
      Claro, esa noche no había alcohol, ni riff. Había oscuridad y una pantalla propagando fotogramas. Indulgencias del séptimo arte, críticos de tribuna, amateurs de rottentomatoes.com. Hubo además bromas mal hechas, discursos incoherentes, sibilancias que se escabullían entre risotadas nerviosas, dos tontos agitando sus barreras hechas a fuerza, lanzándose miradas por encima de los escudos a lo hoplita espartano. No recuerdo los detalles, pero si esa vacilante sensación de estar tentando el silencio, solo por tentarlo.
   
         Hubo también algunas evocaciones a la cultura oriental, mantras que parecían más bien auto-recordatorios. Transcurrían muestras de las películas, la siempre osada opinión de los Oscar en medio y apreciábamos algunos detalles, casi todos ganchos poéticos o un sonido perfectamente encajado; y supimos leer entre líneas que la levedad de la vida hace que solo se tenga una misión: ser feliz entre tanto escombro. Fueron surrealismos con fuerte tendencia budista, en medio de filmes; dos islas enfrentadas luciendo sus luces en medio del negro laxo del mar.

          En medio de recuerdos confusos, con dicotomías necesarias, surgió el comentario de la noche acerca de mis calcetines mal emparejados y que engloba la conclusión de la noche: “¡Oye, tus pies son el ying y el yang!”

viernes, 4 de agosto de 2017

Otro.

"Qué fácil ser mamarracho."
        J
uan Rojas (@Hwangcho)

Tarde de lluvia. El recuerdo es una puñalada mental, mientras la soledad se esparce como humo denso por la oficina y lentamente va llenando todos los espacios. Algo que no se dice corrientemente es que la compañía no es una cura, hay otros revoloteando, hay palabras perdidas, algo de risa; pero sin desvanecerse la ausencia. El pensamiento inquieto palpita sin poder procurarse una trinchera. Los ojos escasos de luz, miran fijamente sin enfoque, fabricándose anatemas.

El optimismo no es una opción. Total, ni se piensa, solo se respira. No hay consuelos parciales, solo ese ardor perenne después de la quemada. Hay que tejer una fachada frente a la ruina, no exponerse es una prioridad. DolarToday es una laceración segura y todos hablan de ello. Hay una mezcla de culpa y rabia, un despecho de muchas cabezas, una incomodidad que debe aceptarse como propia, no existen maneras de escurrírsela.

Existe un fondo en el negro sellado de la mente, en el acumulamiento de cadáveres de pensamientos, “todo termina en lágrimas” y en silencio. Prosigue el repaso mental de “Halo on Fire” de Metallica y las esquirlas invisibles se ven cayendo, el propio cuerpo se va descomponiendo, afuera todo parece seguir su curso. He vivido antes otras muertes similares.


Reconozco esta apatía: una gota condensada no tiene más opción que caer al vacío. 

domingo, 27 de diciembre de 2015

JAZZ: Un antídoto dominguero.

Yo pienso que los domingos por la noche deberían celebrarse con una buena copa de vino y algún fraseo al azar. Tal vez con una calculadora en la mano y en la otra una batuta imaginaria dirigiendo All the things you are. Mirar la noche siempre es un buen método, vuelve terapéutico el rito y hace el favor de amortiguar algunos impactos que sobrevienen al ejercicio de retrospectiva final-semanero.

En los domingos por la noche me exorcizo y luego renazco. El ponsigué amella la lengua y las notas bajas hacen escaleras, un buen pensamiento debe ir acompañado de una banda sonora y algún recuerdo gustativo. Cuando llega el final de la semana trato de olvidarme de Schopenhauer: “la vida oscila entre el sufrimiento y el tedio”, al menos como un ejercicio de reforzamiento. Siempre una voz interna no muy convencida sonríe como Louis Amstrong.

También me olvido de los lunes.

Los domingos por la noche son solo el vino y las vibraciones que rasguñan el silencio. Lo he dicho: jazz y vino. La voz de Ella deroga los pensamientos, no son asequibles los balances domingueros. La vida es tan leve que solo cabe la improvisación. Pienso que en Nueva Orleans a finales del siglo XIX la gente encontró el sentido. Pero no cesaron los debates, claro, tampoco cesaron los domingos por la noche ni la famosa idea del eterno retorno.

Debo decirlo aunque no suene muy consolador para un domingo por la noche: si cesase el sufrimiento y el tedio, los domingos con sus lunes, la improvisación, el sentido, las Nuevas Orleans, este cielo de Cabudare, si cesase todo, entonces florecería el silencio. Como dice Isabel Allende: “la vida es puro ruido entre dos silencios abismales.”





sábado, 23 de mayo de 2015

El Jazz: extraño poder de convencimiento.


Gonzalo Teppa. Virtuoso contrabajista venezolano.

PRIMERA HISTORIA.

Mi abuela conoce perfectamente mis preferencias musicales, “música exótica y psicodélica”, le llama. Es lógico, creció con boleros y guaguancó; algunas degustaciones vagas de tango, pero más nada. Vio constituirse a la Dimensión Latina en la Caracas de los setenta, desde que Oscar D´León era un contrabajista matatigres de los llamados “ventetú” y trabajaba en la General Motors Company. Lamentó profundamente la muerte de Felipe Pirela y siente una nostalgia genuina al escuchar “se va Billos, se va, se va y no vuelve más…”


Hace unos sábados pasé a buscarla y yo tenía en reproducción Venus Isle de Eric Johnson, le resté decibeles para saludarla.

_ ¡Ay, tú y tu música!- dijo al montarse.
_ Viejita, pero eso no es metal. Es jazz. ¿No te parece más bonito?- le contesté entre risas.
_ Pues no, no me parece.

Siempre tengo un disco de boleros en mi biblioteca musical, por dos razones; la primera es porque me gusta oírlos de vez en cuando. Lo aprendí con mi abuelo que era un caballero y un ejemplo. La segunda razón es para condescender a mi abuela cuando sale conmigo. En este caso tenía uno de Eydie Gormé con Los Panchos, colocarlo fue cambiar en un santiamén la fisonomía de mi abuela, se le plantó una sonrisa en la boca, una mueca de deleite endulzó su expresión. Sonaba “Piel Canela” cuando me dijo:

_ ¡Qué bella esa música! No entiendo como te gusta esta y te gusta la otra.-
_ Es muy bonita. Y la otra también. Tú insistes en que no te gusta el jazz, pero si yo te pusiera a escuchar algunas cosas cambiarías de parecer.-
_ No lo creo. Esa música tuya es demasiado escandalosa para mi gusto. A esta le encuentro más armonía.-
_ Viejita, si yo te dijera que el jazz es tan versátil que existen los boleros jazz, y es una fusión especialmente sublime.-
_ ¡Ya me fregaron la musiquita, vale!- respondió ella fingiendo congoja.
_ Tienes que escucharlo para que veas.-


Creo que fue al día siguiente cuando por fin le llevé la música que le había prometido. Kenny G, Bolero Jazz, Walter Gross: “Bésame mucho”, “Se te olvida”, “Tú me acostumbraste”, “Sabor a mí” cada canción sorprendía más a mi abuela, se daba cuenta que yo tenía razón, eran sus canciones favoritas en otro matiz que no le desagradaba, sino todo lo contrario.

El lunes siguiente vimos a Laura Pérez en el auditorio del Colegio de Médicos en un concierto llamado ”Bésame mucho” cantando las canciones de mis abuelos con su voz potente de contralto jazzista: “tú me acostumbraste, a todas esas cosas…” la expresión de mi abuela era de: ¿Cómo pude perderme esto tanto tiempo?
Da satisfacción desde entonces llegar a tomar el café de mi abuela y darse cuenta que en su radio, mientras trabaja en casa se oye un poco de jazz. Me doy cuenta que el jazz es un prión que invade y se replica en los oídos, aunque sean previamente metaleros o boleristas cerrados. 


SEGUNDA HISTORIA.

Yo intentaba convencerle del gusto del vino. Quería que fuera tinto como el atardecer que precedió esa noche ya madrugada, merlot para que no nos secara tanto la boca y nos dejara ese sabor afrutado de su estela. Ella seguía renuente, aparentemente había tenido experiencias previas con el vino las cuales no le parecieron placenteras. Le llamaba traicionero.

Me había prometido una conversación con hora de llegada y sin hora de salida, donde podía entrevistarle y obtener algunas notas. Escribía yo acerca de un personaje que tenía algo de la personalidad de ella y quería sustentarlo. Ahondar en los detalles psicológicos del personaje, algunas historias previas que cimentaran su comportamiento. La noche era oscura y bastante fresca, corría una brisa fría. Yo estaba sentado en el sofá frente a ella, con mi cuaderno de notas en el regazo y en mi mano derecha un bolígrafo negro.

_ Preferí estudiar en el exterior. No me gusta el enfoque que le dan a la carrera acá en Venezuela. A merced de las empresas y de situaciones laborales.- explicaba ella tranquilamente.
_ Claro, el enfoque de una carrera en un país siempre va de acuerdo al contexto de la competencia que tenga la carrera en el mismo. Este es un país con enfoque industrial, de allí que muchas carreras tengan ese enfoque.-
_ Si, eso lo entiendo. Pero a mí me gusta en enfoque conductivo-conductual aplicado a la criminalística, me apasiona esa área.-
_ Eso me resulta muy curioso, no hubiese imaginado nunca que tuvieras esas inclinaciones, sobre todo viniendo de una mujer. Y no se trata de machismo, vale.-

Ella cruzaba las piernas y se estaba animando a sacar un cigarrillo, me preguntó si me molestaba; así que aproveché la oportunidad para decirle que a mí no me molestaba su nicotina así que a ella no debería molestarle mi vino, ni mi música. Saqué de mi bolso una botella de vino tinto Castillo de Molina y unas cornetas de conexión bluetooth que uso para hacerme el trabajo de médico menos pesado. Escogí un repertorio que incluía dos discos con los que estaba en franco apego. Uno era Sinergia de Gonzalo Teppa, y el otro Let Them Talk de Hugh Laurie. Jazz puro.

Continuaba la plática y mi copa bajaba después de catar. Ella decía que la música estaba divina mientras me hablaba de su estadía en Holanda y cuando vivió en Barquisimeto antes de irse. Estar de vuelta era una extraña paradoja, lo bueno y lo malo del primer mundo en comparación con este. Me contaba que nunca encajó del todo en la frialdad huraña de los europeos, el cannabis de Ámsterdam, lo libertino de sus discotecas; de manera que veía a Venezuela como su propia tregua. Pero ahora que estaba aquí sentía que tampoco encajaba. Gonzalo hacía pizzicatos imposibles, le daba otro aire estético e imprescindible al contrabajo. Las notas transmitían sentimientos, el ambiente se impregnaba de humo, mi boca regodeaba.

Seguían sus elogios para el jazz y entonces de la nada, pasó lo que esperaba, ella me pidió una copa para probar de lo que bebía. No me apresuré en dársela lo cual sembró algo de impaciencia en sus ojos. Es infrecuente ver a una persona que mientras fuma tiene acatisia: estoy seguro que alguna clase de energía extra movía aquella mujer. No hizo comentarios cuando el líquido oscuro entro en contacto con su lengua, solo aprecié sus facciones que alternaban entre curiosa y complacida. Mi cara debió tener un “¡Te lo dije!” pero a partir de allí fue descarada en sus peticiones del licor.

Se hicieron las 5 am, Hugh Laurie tocaba el piano y se quejaba con su voz nasal. Ella estaba sentada en el suelo y usaba el sofá de espaldar y como pivote para hiperextender su nuca. A esa hora hablábamos de lo inconstante de las ideas del hombre y de sus diferencias notorias en la juventud y en la madurez. Durante algunos instantes de su vida esa inconsecuencia le hizo contemplar la androfobia. Yo le recomendé que leyese a Milan Kundera que con humor lograba explicar magistralmente el comportamiento del hombre.

­_ Oye, espero que esta noche se repita.- me dijo de repente, con una mirada impasible.
_ A la próxima no te torturaré con vino.-
_ No vale, al contrario, en la próxima debe haber más vino. Me ha encantado.-

Hubiese querido burlarme recordándole todo lo que me había dicho previamente del vino, pero entendí que en ese momento mi silencio era hermoso y el jazz que sonaba era quien reía, convencido de su propio poder de persuasión.


jueves, 22 de enero de 2015

La calle repetida.



Una calle, de esas que parecen repetirse una y otra vez, en una ciudad hipotética, de un país hipotético; fue el escenario. Aquella mañana circulaban transeúntes y automóviles, igual que todos los días, con sus embotellamientos y sus colapsos; sus semáforos descalibrados, sus peatones de caras largas y mirada de incertidumbre. No era como en otras ciudades en las que se ve a transeúntes andar cada uno inmiscuido en su propio mundo, con las manos soldadas en los bolsillos y la mirada indiferente a un entorno sórdido. En la ciudad hipotética los ciudadanos se miraban unos a otros, como si cada quien tuviese una aprensión del otro, como si quisieran envolver sus ideas en bolsas negras o botellas oscuras para que no pudiesen ser vistas por otros.



Aquel era un pueblo acallado por el poder de la difusión, obligado a creer con dudas que  los vacíos sociales en los que el estado era impotente -pese a todos sus tentáculos- eran consecuencia de saboteos por intereses económicos opuestos y de la manipulación mediática. Ciertamente muchos intelectuales, académicos y estudiosos reconocían la diatriba económica y la plantación del caos por parte de los intereses económicos privados, que se sentían en un jaque inmediato cuando un gobierno postulaba un perfil izquierdista, al menos en apariencia. El economista más influyente del país, con sus admirables estudios y montones de libros que a grosso modo parecieron heredarle una lucidez suprema se encargó de instruir a los entusiastas con una no breve historia de cómo los intereses capitalistas hacían un frente talante y avasallante a las pobres revoluciones que buscaban llenar los vacíos sociales de la desigualdad, historia que se repetía en el país hipotético y en varios países del extranjero que habían vivido revoluciones equivalentes previamente. Pero la mayor parte de la ciudad no estaba interesada en comprender el porqué de la guerra económica, que si bien podía ser cierta la explicación, indistintamente quien fuese el culpable, daba la misma consecuencia.  



Sea como fuese, para algunos ciudadanos comunes, de a pie como se dice popularmente, les resultaba un tanto incoherente la proyección de culpas como si se jugara la papa caliente con los vacíos sociales. Otros ciudadanos se aprovechaban del caos y de la incertidumbre ajena para obtener algún beneficio, la mayor parte de ellos lucrativo. Algunos  eran ajenos a la realidad por poseer posiciones privilegiadas, que a lo cierto eran inamovibles aunque hubiese una terrible administración del estado. Finalmente el gobierno de ese país hipotético se aprovechaba del descalabro social, de la inestabilidad psicológica de los ciudadanos que los obligaba a vivir con tanta rapidez que no les daba tiempo para detenerse a analizar con un adecuado tono de racionalidad la situación vivida.


Los ciudadanos  caminaban rápido como disonantes con el tiempo que parecía no rendirle para afrontar tantas dificultades. Eran modelos perfectos de la esclavitud moderna, sin látigos literales pero si figurativos y bastante impíos. Esa mañana al igual que todos los días caminaban y en sus ojos se  proyectaba el gris de la desidia. Los contranalíticos, como los denominaba el gobierno, asomaban la incongruencia del postulado del economista más influyente; postulado que consideraban inviable puesto que la mayor parte del sector primario, secundario y terciario de la economía estaba en manos de las empresas del estado, era por lo tanto absurdo atribuir culpas a la empresa privada. Algo de correcto tenía el planteamiento, desde que el gobierno se instauró en el poder comenzaron masivamente expropiaciones de empresas privadas como ocurre típicamente en los gobiernos de izquierda científica; gran parte del pueblo estuvo de acuerdo con tales acciones debido a que según como se explicaba, las mismas afianzaban los derechos arrebatados por los intereses del capital despiadado e indolente. Los intelectuales, que en su mayor parte suelen luchar desde sus trincheras racionales a favor de utopías, afirmaron en su momento que el estado siendo empleador lucharía por los derechos negados a los ciudadanos históricamente.



Sin embargo, la descripción del estado despersonalizado es francamente una utopía. Lamentablemente para los ciudadanos del país hipotético el estado era administrado por personas, que al ser obsequiadas con la administración del poder a fuerza de sufragio -o de otras fuerzas más poderosas y menos honestas- se contaminaban de la vileza a costa de mantener un beneficio personal gigantesco. Muchos ciudadanos se daban cuenta de tal desgracia, pero el látigo de la neo esclavitud les exigía atrozmente que no se detuviesen, y habría sido imposible para ellos formular un reclamo consecuente y suficientemente fuerte al respecto. Por supuesto, no faltaban los ciudadanos que a diario eran enmudecidos por un soborno escabroso y escuálido que si bien no era justo, les resultaba conveniente, como quien está bien con dios y con el diablo. Los afortunados merecedores de la corrupción eran grandes fuerzas, ya sea por masa, o sea por ser trabajadores de las armas. Todo les era posible, como es bien sabido el dinero es capaz de comprar algunas conciencias.



Había además otros tipos de ciudadanos que luchaban francamente y a brazo partido por la utopía de un estado justo y enmendador. Estos sufragaban concienzudamente, en la flor de su ingenuidad, dándole una fuerza al gobierno que tal vez no merecía. Ululaban también los que eran considerados patriotas, no por amar a su país hipotético, sino al gobierno del país hipotético. Empero, esa mañana, en esa calle repetida, era imposible reconocer los tipos de ciudadanos que circulaban, venían todos mezclados, sin un orden lógico; tal y como ocurre en el día a día de todas las ciudades del mundo en los que el anonimato les hace parte consonante en su definición.



Por encima de las ideas preconcebidas de cada ciudadano, basadas individualmente en un conocimiento empírico o científico, teórico o práctico, estaba una realidad tajante: el vacío social alcanzaba una cúspide ese día. Había dilema e inseguridad en el terreno que podrían pisar, el futuro no era más que papel periódico con críticas y verborreas, los semáforos descalibrados no despuntaban con la desarmonía del sentir ciudadano. Las caras largas con los ojos perdidos hubiera sido una perfecta musa para cualquier poeta que tuviera si quiera una pizca de sensibilidad social.



La gente andaba por la calle como centinelas, patrullando inexplicablemente el entorno mientras se embebían en sus propias contrariedades.



 Aquella mañana una tienda de la calle repetida bajó su santamaría para recibir un cargamento de víveres, no se supo en el momento cuales eran los que recibiría. Instantes después se oían exclamaciones que provenían de los transeúntes que estaban cerca de la tienda, gritando improperios que reflejaban una desesperación animal. La fuerza de las masas se hizo sentir en un santiamén, los ciudadanos hicieron estragos en la distribución de la tienda: comenzaron a robarse los víveres mientras corrían como desquiciados y apedreaban el frontal de la tienda. No tardaron en llegar las fuerzas del orden público y hacerse notoria la batalla campal, tristemente incivil, entre individuos conducidos al borde de la desesperación y asalariados conscientes del riesgo de enfrentar una masa enfurecida. Todo pasó muy rápido, al cabo de unos minutos posteriores, ya estaban siendo enumerados los múltiples heridos, se calculaban las pérdidas materiales del cargamento de víveres y comenzaba a hacerse insoportable el embotellamiento de vehículos en la calle que impedía el paso de ambulancias y medios de comunicación.



Pero aquel triste incidente, en esa hipotética ciudad, de ese hipotético país no condujo a la reflexión a ninguno de los sectores. Todos se exculpaban y señalaban abiertamente a posibles responsables. No faltaba quien culpaba a la prensa de escandalosa y manipuladora, a los intereses capitalistas o al gobierno corrupto, sin detenerse a pensar que cuando los residentes de un país, por hipotético que sea, deciden tomar la justicia en forma bruta y desordenada las constantes disertaciones están de sobra. El estudio de las causas se reduce a nada, cuando las consecuencias finales son las mismas: el malestar sostenido del pueblo de a pie que lo lleva al colapso de la consternación y finalmente a recuperar con atrocidades irracionales lo que le es negado.



Siguió entonces repitiéndose la historia, aunque con compongas diferentes,  mientras los intelectuales y contranalíticos se empeñaban neciamente en anteponer la palabra a las acciones.



jueves, 8 de enero de 2015

La contienda.



Tatami.



 "Plantación adentro camará/ es donde se sabe la verdad/ es donde se aprende la verdad."
Plantación Adentro - Rubén Blades.


La leyenda inició el día de la gran pelea. Los medios de difusión estallaban sin olvidar su habitual sensacionalismo, la radio, el periódico, el twitter. La televisión no, no podemos olvidar que existe cierta censura en estos tiempos, así sea en los medios internacionales quienes orgullosos muestran sus perspectivas sesgadas. Recordemos que el muestreo correcto es lo más importante para poder describir en forma más o menos fidedigna a un universo. Pero eso no viene al caso, lo cierto es que en esa pelea  los contrincantes, desde mi punto de vista, eran bastante desiguales. ¡Tenían alcances tan diferentes! No creí nunca que pudieran medirse en un tatami.



Llegada la hora de la pelea el primer contrincante entró brioso al terreno, agitando los puños en el aire, gritando consignas aplastantes contra el enemigo. No sé si este último le oía porque no se le veía por ahí. Los que sí veían y oían, como espectadores, cualesquiera fuera su ubicación, se sentían afortunados por no ser el antagonista de ese furioso arrojo. El primer contrincante además de recio ostentaba unas dimensiones colosales, al menos en corpulencia, y en el juego psicológico que también forma parte de las peleas, la balanza se inclinaba totalmente hacía el primer contrincante. Se escuchaban declames como un arrullo ubicuo, omnipresente, el primer contrincante afirmaba con toda seguridad que el enemigo no tendría oportunidad contra él. Pero el segundo no aparecía. Todos miraban a las cámaras, había una tormenta de flashes, los puños cerrados eran intimidantes; se notaba a leguas que traían su tiempo de cosecha de todo aquel resentimiento. Creo que en los anales de la historia está demostrado que la fuerza responsable de movimientos y rebeldías ha sido el resentimiento, y no el amor como muchas ideologías y religiones han pretendido decir. De todas maneras, eso tampoco viene al caso.



Las leyes de la contienda estaban echadas al entendimiento. El twitter con sus libertades y libertinajes a diario las recordaba, todo el mundo tenía, tácito en su mente, el concepto que el primero que pusiera un pie fuera del tatami perdería la pelea. Pasaba el tiempo y el primer contrincante seguía aguardando por el segundo, que ni señales de humo daba. Desde el principio, siempre me llamó poderosamente la atención que en esta pelea además de discordancia, tampoco se contaba con un réferi. De hecho se echaba tanto de menos uno y era tanta la anarquía subsecuente que antes de mostrar los dictámenes reglamentarios, las características, habilidades y debilidades de cada combatiente; ya el primer combatiente estaba montado en el tatami invadiendo con sus dimensiones magnánimas los espacios del terreno por el que se luchaba la aquiescencia.  



Yo pensaba que como en otros tatamis del mundo, la demora del contrincante sería interpretada como una derrota por forfait. Al menos se hubiese exigido la dimisión sobrentendida por las diferencias volumétricas que están descritas líneas atrás; pero una cosa piensa el burro y otra el que lo arrea, y en esta gran pelea yo no era más que un observador.



Comenzaron a aparecer como kamikazes los que estaban a favor del segundo contrincante, llamaban revoltoso a su ímpetu. Lanzaban dardos desde la invisibilidad que les proporcionaba infiltrarse en las filas del enemigo. Un dardo a la corva, otro al talón de Aquiles –que siempre es un punto débil en los colosos bañados en la Estigia-, varios para la columna vertebral. Al principio la bestia grandiosa parecía enfurecerse más, parecía que los golpes le daban más fuerza a su resentimiento. Ya había dicho yo al inicio que era una pelea muy desigual. Seguía pasando el tiempo, se aclamaba enardecido al segundo contrincante,  y este no aparecía. El twitter, obseso en su libertad y anonimato, le llamaba cobarde; en las radios hubo un paradójico halo de mutismo protagonizado por la música, los periódicos denunciaban los dardos con el proyectil agresor en mano y restos de sangre, de acuerdo a como fuera su afinidad se declaraba culpable al uno o al otro. A los neutrales, a los que Dante les prometió el infierno, pero que nunca han dejado de existir les parecía que las acciones de cada bando eran un teatro; o peor, un juego de marionetas. La televisión internacional servía del camorrero típico, ustedes entienden perfectamente a lo que me refiero. El primer contrincante picaba el anzuelo y seguía batiendo los puños en el aire, como si con eso le golpeara la quijada al enemigo que anhelaba tener al frente.



Luego el segundo contrincante apareció en las roídas televisoras censuradas anunciándole a su retador que en tanto él quisiese entrar en la contienda se acabaría al cabo de segundos. Al parecer parecía muy seguro de la adhesión que tenía para mantenerse firme en el tatami. Yo me preguntaba cómo iba a ser esa lucha, sin duda sería técnica lo que usaría porque en fuerza estaba visto que el primer contrincante llevaba la ventaja. Mientras tanto los dardos caían inclementes en algunos puntos claudicantes. El tiempo pasaba y los puños al aire ya no eran tan vigorosos, amainó paulatinamente el arrullo. El primer contendiente estaba entendiendo que el segundo jugaba con el tiempo, en él se estaba transformando en un verdadero resistente. Pero seguían los golpes de los kamikazes, eran ineludibles. El gigante era como un Gulliver en medio de liliputienses infiltrados.



El sensacionalismo del inicio fue haciéndose realismo, hasta los medios internacionales se estaban aburriendo de la bronca. Razón tenía mi abuela al decir que el mayor escándalo del mundo duraba máximo tres días. El segundo contrincante seguía sin aparecer y el primero se fue debilitando y dispersando, ya sea aburrido por la inacción o sea por los dardos que le hacían sangrar las coyunturas. Estoy seguro que eso se hubiese evitado si un árbitro fuera mediado la pelea, pero ya se sabe que para esta desigual y curiosa contienda no se contaba con uno. Tal vez por miedo a ser golpeado por un puño perdido, o más bien un dardo perdido. Es cierto que en cualquier tatami del mundo se le asegura la integridad al réferi, o al menos se fabrica la misma a base de fuerza y/o amenazas. Pero no vale la pena arar en el mar, sabiéndose desde el inicio que esos beneficios deseables no existieron en este tatami.



De un momento a otro se apareció en el tatami el segundo contrincante, no sin sorprender a su enemigo, probablemente eso era lo que aguardaba al jugar con el tiempo. Le plantó con exceso de arrogancia un golpe descomunal en la mandíbula al primer contrincante, y este que había perdido por completo la base de sustentación se comenzó a desparramar lentamente fuera de las fronteras del tatami. No hacía falta un árbitro para declarar con total seguridad y desconcierto quien había sido el ganador absoluto e indiscutible de la contienda.



Como tal vez se pueda deducir, por las dimensiones extraordinarias del primer contrincante, aún hoy sigue cayendo fuera del tatami, triste y resignado al entender que contra el tiempo, la trampa y la imperturbabilidad del segundo contrincante no hubiese podido; a menos, claro está, que hubiese un respeto a las reglas preestablecidas, pero eso no iba a suceder, justamente porque por  ese irrespeto es que se había cultivado el resentimiento que había iniciado la querella a muerte.



Fue así como inicio entonces, la migración masiva de venezolanos –o primer contrincante- al exterior. Como dije anteriormente eran tales sus dimensiones que después de ese golpe del segundo contrincante aún hoy siguen cayendo fuera del tatami de novecientos dieciséis mil cuatrocientos cuarenta y cinco kilómetros cuadrados.