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domingo, 24 de julio de 2016

Obsesión por la duda.

No estoy bien. Me duele el cuerpo como nunca me había dolido. De hecho me duele todo. Decir que me duele es un mantra. Ha sido  rápido. He perdido peso, estoy demacrado, no puedo deprimirme cuando me miro en el espejo, siento que no hay tiempo para eso; en su lugar una vacilación me invade el ánimo. Por algún instinto, quizá literario, pensamos que los finales son esclarecedores, pero son en realidad un amasijo con más dudas, un desbarajuste intelectual. Pero me gusta, me sobrepasa mi amor por las dudas.


No puedo replegarme, así lo decidí. En pleno quebranto, me tamizo más en el gentío, soy un citadino anónimo. Mis ojos desencajados y mi silencio no importan. Decidí negarme al tratamiento, vanos fueron los soliloquios del doctor. Tengo cáncer, amo la agonía que me produce, es como una gran duda. Pienso en las palabras incisivas de la enfermera: a usted lo mató su ignorancia. Musito el memento mori: la ignorancia es mantenerme enamorado de la duda. La muerte es un hermoso silencio.

lunes, 23 de febrero de 2015

Controlador del universo.

...y al octavo día el hombre creó a Dios. Y dijo el hombre: "dominad el entendimiento a fuerza de fe. Debéis ser celoso para que solo tú seas alabado" y asi fue.

y los primeros hombres se hicieron escribanos, y vio el hombre que las letras eran buenas y las llamó Biblia.

jueves, 15 de enero de 2015

Enfrentamiento a la simplificación.


"La simplicidad es la máxima sofisticación."
 Leonardo Da Vinci.


Corren kilómetros de imaginación
que van dando saltos redoblantes
poblando mi llanura agria,
mientras discurren por tu lienzo
matices opuestos y desdenes
que desafían a mi negro sideral

        -casi absoluto-

como una fuente infinita de ángulos
que rebotan en el aciago espejo,
tu chorro de visiones
dan debates ancestrales como sofismos
que en la antigua Grecia
hubiese hecho florecer polémicas

tu puntada relámpago simplifica
ergo, las palabras endulzan
mi fábula del mal versus el bien
sin mayor argumentación silogística
sin la usual soberbia retórica
      -a la que estoy habituado-
es mi hecho versus tus creencias adverbias

mi pensamiento critico al ser depurado
es un perro persiguiendo su cola
no sin cierta elegancia
pero el trazado pragmático que ofreces
reparte algunas ideas finadas
que se me habían fugado

    van siendo una respuesta: cuatro
    al dos más dos que me atormenta-ba.

jueves, 8 de enero de 2015

La contienda.



Tatami.



 "Plantación adentro camará/ es donde se sabe la verdad/ es donde se aprende la verdad."
Plantación Adentro - Rubén Blades.


La leyenda inició el día de la gran pelea. Los medios de difusión estallaban sin olvidar su habitual sensacionalismo, la radio, el periódico, el twitter. La televisión no, no podemos olvidar que existe cierta censura en estos tiempos, así sea en los medios internacionales quienes orgullosos muestran sus perspectivas sesgadas. Recordemos que el muestreo correcto es lo más importante para poder describir en forma más o menos fidedigna a un universo. Pero eso no viene al caso, lo cierto es que en esa pelea  los contrincantes, desde mi punto de vista, eran bastante desiguales. ¡Tenían alcances tan diferentes! No creí nunca que pudieran medirse en un tatami.



Llegada la hora de la pelea el primer contrincante entró brioso al terreno, agitando los puños en el aire, gritando consignas aplastantes contra el enemigo. No sé si este último le oía porque no se le veía por ahí. Los que sí veían y oían, como espectadores, cualesquiera fuera su ubicación, se sentían afortunados por no ser el antagonista de ese furioso arrojo. El primer contrincante además de recio ostentaba unas dimensiones colosales, al menos en corpulencia, y en el juego psicológico que también forma parte de las peleas, la balanza se inclinaba totalmente hacía el primer contrincante. Se escuchaban declames como un arrullo ubicuo, omnipresente, el primer contrincante afirmaba con toda seguridad que el enemigo no tendría oportunidad contra él. Pero el segundo no aparecía. Todos miraban a las cámaras, había una tormenta de flashes, los puños cerrados eran intimidantes; se notaba a leguas que traían su tiempo de cosecha de todo aquel resentimiento. Creo que en los anales de la historia está demostrado que la fuerza responsable de movimientos y rebeldías ha sido el resentimiento, y no el amor como muchas ideologías y religiones han pretendido decir. De todas maneras, eso tampoco viene al caso.



Las leyes de la contienda estaban echadas al entendimiento. El twitter con sus libertades y libertinajes a diario las recordaba, todo el mundo tenía, tácito en su mente, el concepto que el primero que pusiera un pie fuera del tatami perdería la pelea. Pasaba el tiempo y el primer contrincante seguía aguardando por el segundo, que ni señales de humo daba. Desde el principio, siempre me llamó poderosamente la atención que en esta pelea además de discordancia, tampoco se contaba con un réferi. De hecho se echaba tanto de menos uno y era tanta la anarquía subsecuente que antes de mostrar los dictámenes reglamentarios, las características, habilidades y debilidades de cada combatiente; ya el primer combatiente estaba montado en el tatami invadiendo con sus dimensiones magnánimas los espacios del terreno por el que se luchaba la aquiescencia.  



Yo pensaba que como en otros tatamis del mundo, la demora del contrincante sería interpretada como una derrota por forfait. Al menos se hubiese exigido la dimisión sobrentendida por las diferencias volumétricas que están descritas líneas atrás; pero una cosa piensa el burro y otra el que lo arrea, y en esta gran pelea yo no era más que un observador.



Comenzaron a aparecer como kamikazes los que estaban a favor del segundo contrincante, llamaban revoltoso a su ímpetu. Lanzaban dardos desde la invisibilidad que les proporcionaba infiltrarse en las filas del enemigo. Un dardo a la corva, otro al talón de Aquiles –que siempre es un punto débil en los colosos bañados en la Estigia-, varios para la columna vertebral. Al principio la bestia grandiosa parecía enfurecerse más, parecía que los golpes le daban más fuerza a su resentimiento. Ya había dicho yo al inicio que era una pelea muy desigual. Seguía pasando el tiempo, se aclamaba enardecido al segundo contrincante,  y este no aparecía. El twitter, obseso en su libertad y anonimato, le llamaba cobarde; en las radios hubo un paradójico halo de mutismo protagonizado por la música, los periódicos denunciaban los dardos con el proyectil agresor en mano y restos de sangre, de acuerdo a como fuera su afinidad se declaraba culpable al uno o al otro. A los neutrales, a los que Dante les prometió el infierno, pero que nunca han dejado de existir les parecía que las acciones de cada bando eran un teatro; o peor, un juego de marionetas. La televisión internacional servía del camorrero típico, ustedes entienden perfectamente a lo que me refiero. El primer contrincante picaba el anzuelo y seguía batiendo los puños en el aire, como si con eso le golpeara la quijada al enemigo que anhelaba tener al frente.



Luego el segundo contrincante apareció en las roídas televisoras censuradas anunciándole a su retador que en tanto él quisiese entrar en la contienda se acabaría al cabo de segundos. Al parecer parecía muy seguro de la adhesión que tenía para mantenerse firme en el tatami. Yo me preguntaba cómo iba a ser esa lucha, sin duda sería técnica lo que usaría porque en fuerza estaba visto que el primer contrincante llevaba la ventaja. Mientras tanto los dardos caían inclementes en algunos puntos claudicantes. El tiempo pasaba y los puños al aire ya no eran tan vigorosos, amainó paulatinamente el arrullo. El primer contendiente estaba entendiendo que el segundo jugaba con el tiempo, en él se estaba transformando en un verdadero resistente. Pero seguían los golpes de los kamikazes, eran ineludibles. El gigante era como un Gulliver en medio de liliputienses infiltrados.



El sensacionalismo del inicio fue haciéndose realismo, hasta los medios internacionales se estaban aburriendo de la bronca. Razón tenía mi abuela al decir que el mayor escándalo del mundo duraba máximo tres días. El segundo contrincante seguía sin aparecer y el primero se fue debilitando y dispersando, ya sea aburrido por la inacción o sea por los dardos que le hacían sangrar las coyunturas. Estoy seguro que eso se hubiese evitado si un árbitro fuera mediado la pelea, pero ya se sabe que para esta desigual y curiosa contienda no se contaba con uno. Tal vez por miedo a ser golpeado por un puño perdido, o más bien un dardo perdido. Es cierto que en cualquier tatami del mundo se le asegura la integridad al réferi, o al menos se fabrica la misma a base de fuerza y/o amenazas. Pero no vale la pena arar en el mar, sabiéndose desde el inicio que esos beneficios deseables no existieron en este tatami.



De un momento a otro se apareció en el tatami el segundo contrincante, no sin sorprender a su enemigo, probablemente eso era lo que aguardaba al jugar con el tiempo. Le plantó con exceso de arrogancia un golpe descomunal en la mandíbula al primer contrincante, y este que había perdido por completo la base de sustentación se comenzó a desparramar lentamente fuera de las fronteras del tatami. No hacía falta un árbitro para declarar con total seguridad y desconcierto quien había sido el ganador absoluto e indiscutible de la contienda.



Como tal vez se pueda deducir, por las dimensiones extraordinarias del primer contrincante, aún hoy sigue cayendo fuera del tatami, triste y resignado al entender que contra el tiempo, la trampa y la imperturbabilidad del segundo contrincante no hubiese podido; a menos, claro está, que hubiese un respeto a las reglas preestablecidas, pero eso no iba a suceder, justamente porque por  ese irrespeto es que se había cultivado el resentimiento que había iniciado la querella a muerte.



Fue así como inicio entonces, la migración masiva de venezolanos –o primer contrincante- al exterior. Como dije anteriormente eran tales sus dimensiones que después de ese golpe del segundo contrincante aún hoy siguen cayendo fuera del tatami de novecientos dieciséis mil cuatrocientos cuarenta y cinco kilómetros cuadrados.
 

viernes, 29 de agosto de 2014

Deidades Lúdicas.

Septá & Tráya













Por quien quedan gruesamente absueltos
en una temprana anomalía
de verdades incoercibles
aquellos que huyen a su propio ser
en la carátula pálida y apacible

diáfanas y poco afables
como se pintan los vituperios
de rosas con espinas de titanio,
los no pocos que evaden habilmente
la perogrullada, la gleba del vilipendio
y migran al sarcasmo de la mente.

En las madrigueras de las culpas
posicionadas al estrato,
sistemática y programadas azarísticas
confusas y convulsas
de quienes juegan a ser dioses
por ejecutar la tesis y la antitesis
en torno a la oscuridad irracional
y sembrando la duda y la síntesis.

por quienes irrita el caos
en la justicia divina de la entropía
incontrolable, tal vez etérea
en los azarísticos puentes de Van der Walls
que danzan hasta romperse
hasta evaporarse en lo aleatorio
en la inextricable conversión del mal.

La aprensión se dibuja en las líneas
de quienes pierden el control
en las ansiadas trincheras,
catalizada por estructuras anónimas
que juegan a la ignición de las reglas
para iniciar un tablero de nada
donde se las arreglen las deletéreas.



domingo, 22 de junio de 2014

El Vértigo de la Emigración.

“El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.”
José Saramago – Claraboya.


Tomada del álbum de Instagram de @acsa_nqn20
La última vez que la vi fue en una tarde lluviosa que me senté frente a sus ojos, días antes del desenlace final que pensaba regalarle a su propia dislocación con la realidad del país. Entre sorbos de cappuccino y una brisa suave que le batía el cabello me contaba de su anacronismo con la Venezuela que le había tocado vivir ahora que era profesional, una inevitable percepción de sentirse en el aire le corría con un ligero nistagmo por la mirada. Sus impresiones del país de los sueños vahídos eran casi todas negativas, ilustradas por una melancolía que le brotaba de la piel: una mezcla de esperanzas y utopías de país, de patriotismo y de familia.

No es la primera vez que despido a alguien que prefiere la incertidumbre forastera a la desidia criolla: siempre encuentran el más minúsculo refugio en cualquier bocanada de optimismo, cualquier señal que por imperceptible que sea les dé un hálito de convencimiento en lo que han tomado por decisión. La inclinaba a saber, con palabras sencillas, que la decisión más correcta era la que a ella le hiciera feliz.

_ ¿Te vas?- Atinó a preguntarme.
     Les di mis razones personales para quedarme.

    El siguiente rumbo de la conversación fue proyectivo para la entrañable amistad que nos unía, bosquejamos como nos la arreglaríamos para mantener el constante contacto y apoyo. Creo que era importante para ella tener un plan siendo que yo estaba inamovible en mi posición de no abandonar el país: el temible fantasma del que ella precisamente huía.

    Me contó sin lujos de pormenores su pavor a las despedidas; para todos los submundos a los que iba a descontinuar con su definitiva ausencia era mejor tener separaciones progresivas a manera de pequeñas dosis, huyendo de una sobredosis de la ponzoña que terminaría por romperle su descalabrado amasijo de pensamientos y sentimientos. Al final del trecho venenoso de las despedidas había una puerta luminosa tras la cual se oían cantos gregorianos, a esa puerta ella le llamaba: la puerta de escape (¡Ay de ella sí se encontraba una bandera de franjas tricolor con estrellas blancas antes de cruzarla!).

  Otras amistades fecundas rompían también el vilo de la cotidianidad, quizá también amores frustrados (como casi todos). Quedó entredicho que cada presencia tiene un trasfondo de interés en cada latitud de su macrocosmos. Comenzó también a cavilar si serían correctas las propias promesas que se plantó para evitar el mestizaje de su convicción con los matices nativos a los que renunciaba.
      
    _ ¿Cómo romper una promesa?- se preguntaba.

   Afloraban las expectativas, en su nuevo universo sería exótica y anónima. Un prisma de reflexiones tenía como epicentro sus iris ámbar, esa sensación de transitoriedad que le daba su titubeo era como el vértigo: le producía una honda sensación en el pecho pero le atraía ineludiblemente. Se iba a un sitio donde la vida era al revés, y hasta imaginable.

   Yo sólo era un espectador silencioso en su soliloquio multidireccional y teniendo como cebador sus observaciones trémulas, la propia carga de mis inclinaciones le daba respuesta a mis propias vacilaciones… “debe ser arrecho ser extranjero” pensaba mientras admiraba su ambivalencia de valentía/cobardía al migrar.

     Se me escapó, monosilábico una palabra como un mantra que me seguía:
_ Historia.-

    Ella (con sus ojos) hizo reticencia en el aforismo periódico que era necesario que terminase una para que comenzase otra /
yo me refería a la historia como pasado conductor de las consecuencias que vivíamos, en la nación maltratada y con identidad tenue que habitábamos.


_ ¡Coño, a este país se lo llevó el diablo! – Concluíamos ambos, casi al unísono.

martes, 15 de abril de 2014

El corolario de la idiotez humana.


En el infierno, en una asamblea ordinaria entre los distintos demonios, zares de cada unas de las locaciones del inframundo; estaba siendo discutido el corolario de las inquisiciones demoníacas en la historia de la humanidad.

De pronto, en el centro de la hoguera principal, se visualizó en la superficie de la tierra a un hombre quien sobreexcitado escribía un pergamino y agradecía al cielo. Los demonios al unísono se interesaron por la expresión de aquel hombre y fueron tras él. El hombre terminó de escribir el papiro y se echó a correr por la muchedumbre  y aunque Belcebú, Asmodeo, Amón y Leviatán lo persiguieron, no pudieron alcanzarlo cuando este alcanzó a asilarse en el templo.

         Trémulos regresaron al infierno, donde vieron a Lucifer, el Rey de las Tinieblas, inmutable mirando al centro de la llamarada.
_ Pero… ¿Qué hace, su majestad? ¿No se ha interesado por ese humano? - Preguntó Leviatán, demonio de la envidia.
_ Por supuesto que sí. Lo he visto todo desde aquí.- Respondió Lucifer con senectud.
_ Pero su majestad, ¡se ha escapado! – Replicó Amón, demonio de la ira.
_ En efecto y mejor que así haya sido. – Se dibujaba una sonrisa maliciosa en la tez de Lucifer.
         _ ¿Y no le preocupa? ¡Ese humano tenía un trozo de la verdad! – Apuntó desesperado Belcebú, de

monio de la gula.
         _ De ninguna forma, todo lo contrario. Ese humano con ese trozo de verdad creará una religión y salvará su alma, es verdad. Pero nos entregará a cambio millones de almas que seguirán esa religión de forma nimia y asesinarán en su nombre. – Replicó magistralmente Lucifer.
         _ ¡Es cierto! JA, JA, JA, JA, JA. – Contestaron al unísono los demonios.


Boceto medieval de la quema de los Templarios
Y aquella asamblea, culminó en una gran fiesta con razones suficientes para celebrar.

La cosmogonía del aprendizaje. Una crítica sesuda a la ciencia moderna


En medio del irrazonable torbellino de ideas que hacen hábitat en mi percepción, he decidido que mi primera entrada formal de este blog sea una crítica jokeriana* al discípulo moderno, para ello recomiendo al visitante la lectura de la primera parte del cuarto capítulo de la novela del literato español Pío Baroja, “El árbol de la ciencia” publicada en 1911, sección que lleva por nombre Plan Filosófico.
           
            Para quienes deseen obtenerla en formato .pdf, les dejo un enlace de descarga aquí

Es en epítome y parafraseo una encriptada conversación que sostiene Andrés Hurtado – el protagonista de la novela -  con su tío Iturrioz, un vasco de arraigado pensamiento academicista y conservador.

El primer trazado de la conversación hace alusión a las rutas de aprendizaje en las ciencias modernas, en las cual el dicente es considerado un archivo vacío donde se debe descargar información en forma más o menos desordenada. El docente por su parte es un ente aleatorio, y por sobre todas las cosas una montaña importante de arrogancia sobre la cual impone sus visiones socavando la manumisión intelectual. Para estos últimos las libertades van y vienen; así como sus salarios y jubilaciones, propio de las profesiones enarboladas límpidamente por el capital y no por la pasión.

Para Andrés, que en este caso tiende a exhibir una filosofía jokeriana; es importante conservar en la máxima expresión que le sea posible su autonomía, teniendo en apartheid al trabajo. Bien lo expresa con su frase: “no se paga el trabajo, sino la sumisión. Yo quisiera vivir del trabajo, no del favor.”

El segundo punto debatido hace alusión a la enmarcación del pensamiento que para Iturrioz desde su visión cautelosa, debe tener alguna estructuración puntualizada y para Andrés no es más que una disidencia total de los criterios insustancialmente tomados como preestablecidos; siendo esto último un postulado propio de la Crítica a la Razón Pura de Inmanuel Kant. En forma hibrida (y sin perder la armonía), Andrés hace una combinación poco rigurosa con el negativismo de Arthur Schoppenhauer al afirmar:  

“¿Y qué?  Uno tiene la angustia, la desesperación de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido, sin brújula, sin luz a donde dirigirse. ¿Qué se hace con la vida? ¿Qué dirección se le da? Si la vida fuera tan fuerte que le arrastrara a uno, el pensar sería una maravilla, algo como para el caminante detenerse y sentarse a la sombra de un árbol, algo como penetrar en un oasis de paz; pero la vida es estúpida, sin emociones, sin accidentes, al menos aquí, y creo que en todas partes, y el pensamiento se llena de terrores como compensación a la esterilidad emocional de la existencia.”

 desprendiéndose de aquí la separación más o menos esquemática de las actitudes científicas en dos tipos de corrientes: lo práctico y lo teórico.

           
Es usual que un gran grupo de intelectuales prefiera instituir el conocimiento y su proceso de obtención bajo un sentido totalmente flemático: esto hace que su forma de pensamiento sea ordenada y, como lo esboza Iturrioz, enmarcada en vía de una estructura que solapadamente se acepta. No en vano gran porción de los avances categóricos de la ciencia (incluyendo sus métodos) han sido encajados por pragmáticos. Para ilustrar la organización pragmática del pensamiento, citaré una fracción del diálogo creado por el gran Sir Arthur Connan Doyle en “El estudio en Escarlata” donde hace sugerencia grandilocuentemente  a la forma de razonar del señor Sherlock Holmes:

“Yo creo que, originariamente, el cerebro de una persona es como un pequeño ático vacío en el que hay que meter el mobiliario que uno prefiera. Las gentes necias amontonan en ese ático toda la madera que encuentran a mano, y así resulta que no queda espacio en él para los conocimientos que podrían serles útiles, o, en el mejor de los casos, esos conocimientos se encuentran tan revueltos con otra montonera de cosas, que les resulta difícil dar con ellos. Pues bien: el artesano hábil tiene muchísimo cuidado con lo que mete en el ático del cerebro. Sólo admite en el mismo las herramientas que pueden ayudarle a realizar su labor; pero de éstas sí que tiene un gran surtido y lo guarda en el orden más perfecto. Es un error el creer que la pequeña habitación tiene paredes elásticas y que puede ensancharse indefinidamente. Créame llega un momento en que cada conocimiento nuevo que se agrega supone el olvido de algo que ya se conocía. Por consiguiente, es de la mayor importancia no dejar que los datos inútiles desplacen a los útiles.”

           
El pensamiento tersamente teórico tiende a ser holístico y caótico, y es justamente en este constructo donde se sustenta la filosofía jokeriana: se trata pues de refutar lo que está aparentemente aceptado. Esto hace claudicar las peanas del pensamiento pragmático creando un estado de anarquía ya que no hay sustentáculo que pueda considerarse como punto de partida. Cuando Andrés en el diálogo con Iturrioz insinúa una esterilidad emocional en la existencia, se refiere justamente a esa pérdida de brújula intelectual propia del existencialismo filosófico. Para Andrés (y en este escrito, para los educandos) la autonomía intelectual debe prevalecer como régimen de búsqueda individual de la verdad y de la concepción cosmológica: “Yo busco una filosofía que sea primeramente una cosmogonía, una hipótesis racional de la formación del mundo; después, una explicación biológica del origen de la vida y del hombre…” afirmaba en su disputa.
Por cierto que para Sócrates, el gran filósofo de la antigüedad, esta postura era la más lógica y consentida en su alegoría “el verdadero conocimiento viene de adentro.”

            Es ciertamente esperable la secesión al pensamiento libre y pro-anarquista con argumentaciones sensatas: la cimentación es necesaria para la edificación humana y ello resulta corrientemente como señala Iturrioz al inicio de la conversación en un embrutecimiento metódico que sin embargo termina alcanzando un fin mercantil. Ante la indefensión lógica de tal actitud y la evasión a la querella queda ese bello plan idealista espetado por Andrés: “Me llevará a saber, a conocer. ¿Hay placer más grande que éste?

            Voltaire, en sus “Cartas Inglesas” publicadas en 1734 afirma valientemente: “Dividid el género humano en veinte partes; diecinueve están compuestas de los que trabajan con sus manos, que nunca sabrán que hay un Locke en el mundo; en la veinteava parte restante, ¡qué difícil es encontrar hombres que lean! Y entre los que leen, hay veinte que leen novelas contra uno que lee filosofía. El número de los que piensan es excesivamente pequeño y ésos no se preocupan de turbar al mundo.”

            Este ensayo hace ulteriormente una ardid solicitud de emancipación en las imaginaciones frescas proporcionadas a los discípulos actuales, a fin de acrecentar esa aproximativa relación graficada por Voltaire: no se trata vilmente de turbar al mundo, pero sí de turbar al pensamiento; esencialmente el caos que se genera de la polifragmentación del raciocinio es más ecuánime. “El caos es más justo” dice el Joker.

            Más libertad y menos sectarismo.

            ¿Por qué tan serios?



*Filosofía jokeriana: Se refiere a la síntesis anarquista ejecutada por el Joker (como agente del caos), personaje interpretado por el desaparecido actor Heat Ledger en la cinta del director Christopher Nolan, Batman: The Dark Knight.